RABANALES 21: MEMORIA HISTORICA Y FUTURO.


RABANALES 21: MEMORIA HISTORICA Y FUTURO.

Diego Llanes Ruiz

Se cumplen más de 13 años del momento en el que CEUCOSA (sociedad instrumental de la Universidad de Córdoba, UCO) pusiera a disposición de la sociedad Rabanales 21 SA, unos terrenos, (70 Ha), propiedad de la UCO. Más de un centenar de profesores nos opusimos sin éxito a esa venta, que se justificaba para aumentar la innovación y el desarrollo (I+D) en nuestra ciudad. Tras la recalificación, a uso industrial de unos terrenos que tenían usos docentes, la UCO entró a formar parte del Parque tecnológico con el 24,74% de las acciones, acompañando a, la Junta de Andalucía (20%), El Monte (20%), PRASA (20%), Cajasur (10%), Ayuntamiento (4,4%) y Diputación (0,9%). La operación prometía beneficios tanto sociales como económicos, dado que centenares de empresas estaban interesadas en establecerse en el Parque

En sus inicios el proyecto contaba con un promotor privado, la constructora PRASA, que hoy está en concurso de acreedores, (ahora mantiene solo un 5% del accionariado) a la que acompañaban en su aventura, cosa usual en aquellos tiempos de burbuja inmobiliaria, dos entidades bancarias, El Monte y Cajasur, una de ellas (Cajasur) fue rescatada con fondos públicos y ambas adquiridas por otras entidades menos problemáticas, nos referimos a Kutxabank y Caixabank, que hoy tiene el 35% de las acciones tras la compra del 15% de las acciones de PRASA. Con el tiempo el sector público ha ido incrementando su presencia y responsabilidades algo normal y diría que imprescindible en este tipo de aventura especulativa, donde los beneficios son privados y las pérdidas públicas.

Trece años después, Rabanales 21 SA acumula deudas por valor de casi 23 millones y tiene tres edificios, donde se sitúan unas decenas de empresas, uno de ellos el ORION ha sido embargado por el Ministerio de Hacienda por las deudas que tiene la Sociedad con el Estado. Tras años de ingentes gastos en construcción y urbanización, la Sociedad ha llegado a una situación próxima a la quiebra dado que no ha podido atraer a los centenares de empresas que en un principio se prometieron y pone sus esperanzas en la venta de terrenos para un parque comercial. Hace unos días y mientras llega el dinero de ese parque comercial innovador, se ha aprobado que el ayuntamiento compre un solar para innovar en el suministro de agua y, lo más sorprendente, que CEUCOSA, sí la misma sociedad instrumental de la UCO que vendió los terrenos, ahora, para salvar la situación, deberá adquirir una parte de algo que le perteneció, con lo que se cierra un ingenioso e innovador bucle que empezó hace 13 años.

La sociedad Rabanales 21 SA, ha tenido promotores y gestores, que procedían de instituciones públicas, los resultados indican que su gestión no ha sido precisamente brillante, sin embargo, al dejar Rabanales 21 usualmente se reincorporan a la gestión de lo público, como si todo hubiera ido bien o al menos según lo esperado.

Hasta aquí la memoria histórica, pero debemos hablar del futuro.  ¿Qué pasará con Rabanales 21 SA después de otros 13 años, en 2030? Soy de los que piensan que el cambio climático y el propio modelo económico capitalista, nos llevará al colapso, entendido este como un proceso de deterioro continuado de las condiciones de vida, cosa que ciertos grupos sociales y especialmente los jóvenes ya padecen hoy, y este nos guste o no será el marco que espera a Rabanales 21.

En breve, a propuesta de Ganemos, se desarrollará en Córdoba un proyecto que se llama “Córdoba en Transición” “En defensa de las generaciones presentes y futuras” y que tiene por objetivo que las “comunidades de transición”sean parte de un movimiento que propone de forma innovadora y creativa dotar de control a las comunidades para soportar el doble desafío del cambio climático y el declive del petróleo. Se me ocurre que de ese proyecto “Córdoba en transición” surja considerar al Parque tecnológico Rabanales 21 como el primer Parque tecnológico  en transición hacia lo que puede ser un colapso de nuestro modelo de sociedad.  Con ello las medidas que se tomen sobre el Parque y que sin duda deberán tomar las instituciones públicas; universidad y ayuntamiento especialmente, serán muy diferentes de las que hoy se proponen. Con ello seríamos pioneros en algo que otras ciudades deberán acometer más pronto que tarde. Sería por tanto no un motivo de vergüenza o escarnio para nuestra sociedad sino una manera diferente de enfrentar nuestro futuro, abandonando los lugares comunes que la evidencia muestra que no funcionan, aunque sean tan queridos por aquellos que solo pretenden mantenerse en sus posiciones de privilegio, como eso del cambio del modelo productivo sin cambiar el modelo económico.

Esta propuesta abriría un necesario debate y sería un reto para nuestros jóvenes que encontrarían en la ciudad algo realmente nuevo por lo que luchar, cuando ellos, por su edad, deben enfrentarse a un futuro que sabemos complicado. Nuestro límite lo ponemos en el 2030, es tiempo suficiente para probar soluciones diferentes que hagan de nuestra ciudad una sociedad más sostenible. Solo pedimos que los dejen trabajar el mismo tiempo que han tenido los diferentes promotores y gerentes de Rabanales 21 SA, que como hemos visto han logrado un perfecto bucle, pero generando entre tanto una deuda de 23 millones de euros. Seguro que en estos años además de deudas también se han generado beneficios sociales, empleos, que deberán mantenerse, sin embargo alguien debería responsabilizarse de las deudas generadas.

Anuncios

LA MEDICINA BASADA EN LA EXPERIENCIA (MBE) SECUESTRADA.


El siguiente artículo procede de la web, No gracias y resultará interesante para aquellos preocupados por la investigación en biomedicina. Puede ser consultado con todos sus enlaces en:

http://www.nogracias.eu/2016/03/20/la-mbe-secuestrada-por-john-ioannidis/

Diego Llanes

LA MEDICINA BASADA EN LA EXPERIENCIA (MBE) SECUESTRADA.

 

Todavía en prensa, ya tenemos la publicación on line del texto de Ioannidis: “Evidence-based medicine has been hijacked: a report to David Sackett“. Se trata de una conversación que el autor inició con David Sackett, padre de la MBE y recientemente fallecido, en 2004 y que pervivió de manera virtual durante 12 años más:

“Durante los siguientes 12 años, esta conversación ha seguido creciendo en mi mente, añadiendo nuevos capítulos a ella según yo iba acumulado más derrotas. Derrotas que yo he querido compartir con David Sackett, incluso en ausencia.”

El texto es una declaración de fracaso que deja muy poco espacio para la esperanza. Un golpe en la mesa de uno de los científicos más influyentes del mundo ¿Alguien despertará?

Los inicios de la MBE como movimiento crítico

Dando algunas pinceladas sobre su propia vida, en algunos aspectos con paralelismos con la de Sackett, Ioannidis cuenta las iniciales resistencias del “neoclásico edificio de la medicina” contra los incendiario expertos en MBE:

“La MBE tuvo una resistencia sustancial en la década de 90 y en la primera del 2000. Incluso en los EE.UU., la meca de la investigación biomédica”

La MBE, inicialmente, iba contra intereses creados:

“Siendo investigador clínico recuerdo que apostábamos hasta cuando iba a durar la Agency for Health Care Policy and Research (AHCPR, que posteriormente se convirtió AHRQ). La agencia había hecho daño a los poderosos intereses de una sociedad profesional quirúrgica: una de sus directrices amenazaba las indicaciones de un costoso e inútil procedimiento quirúrgico. La AHCPR/AHRQ sobrevivió, pero, desde entonces, ha tenido que luchar valientemente por su existencia”

A finales de los años 90 escribió Ioannidis, junto con su compatriota Giannakis, un irónico artículo en el BMJ sobre los lujos que la industria farmacéutica pagaba a los médicos en un viaje a la península arábiga:

“Cuando publiqué el artículo…, un poderoso y políticamente conectado médico sindicalista de Atenas escribió al colegio de médicos pidiendo mi castigo y la revocación ejemplar de mi licencia. También me atacó personalmente en el consejo de administración del un centro nacional de control de enfermedades donde yo era vicepresidente. Un día en la sala de reuniones dijo que él no podía coexistir con una persona con tan excepcionalmente bajos estándares morales. Nadie me defendió” 

Sin embargo, esta inicial capacidad subversiva de la MBE no duró mucho. Según Ioannidis, los poderosos comenzaron a comprender que la MBE podía ser útil para sus fines:

“Las mismas personas que se atragantaban cuando se hablaba de ”MBE” empezaron a utilizar este término para reforzar su medicina basada en la eminencia. Varias personas de alto rango comenzaron a pedirme que trabajara con ellos, con la esperanza de que podrían publicar artículos en las principales revistas. Al negarme solo conseguí más enemigos”

 La MBE domesticada

La visión de Ioannidis sobre cómo ha acabado la MBE hoy en día es absolutamente descorazonadora:

‘‘Ahora que la MBE y sus principales herramientas, los ensayos clínicos aleatorizados y los meta-análisis, son altamente respetadas, la MBE ha sido secuestrada. Incluso sus defensores sospechan que algo va mal” (ver referencia arriba)”.

Y prosigue:

“La industria farmacéutica patrocina los ensayos clínicos más influyentes. Y lo hace muy bien, obteniendo los mejores resultados en las listas de comprobación que miden la “calidad metodológica”, y publicando sus trabajos más rápidamente que los ensayos independientes. Es solo que con frecuencia preguntan las cuestiones equivocadas, utilizan las peores variables subrogadas, hacen los análisis más erróneos, usan los criterios de efectividad menos adecuados y realizan las inferencias más inexactas. Pero ¿a quién le importan estos pequeños detalles?”

 El secuestro de la MBE no solo atañe a los ensayos clínicos sino que ahora también a los meta-análisis:

“La industria también está patrocinando un gran número de meta-análisis de la actualidad” (ver arriba referencia reciente con los antidepresivos).

Una vez más, consiguen las conclusiones que desean.

En 1999, en la sesión de clausura de la Colloquium Cochrane en Roma, Ioannidis congeló el entusiasmo de los “benévolos” asistentes:

“Me preocupaba que la Cochrane Colaboration perdiera credibilidad al difundir los resultados de estudios sesgados por los intereses creados a través de sus respetadas revisiones sistemáticas.” Esta preocupación es hoy una realidad

En contra de la manipulación

Ioannidis no está contra la industria y reconoce la necesidad de la iniciativa privada en la investigación biomédica:

“No estoy en contra de la industria, sino todo lo contrario: el espíritu empresarial es crucial para la traslación, el desarrollo y el crecimiento. Sin embargo, no podemos dejar que las empresas lleven a cabo las evaluaciones de sus propios productos. Si lo seguimos permitiendo no podemos culparlos , si compran la mejor publicidad (es decir, la “evidencia”) para vender lo que quieran”.

La casta médica

Ioannidis también acusa a los investigadores y líderes clínicos, que se venden para poder aparecer como co-autores de los grandes ensayos clínicos multicéntricos, los meta-análisis y las Guías de Práctica Clínica de gran alcance “a las que contribuyen poco en esencia“.

Los intereses creados acaban definiendo la agenda de investigación y el “halo de la evidencia” se propaga entre las sociedades profesionales y los grandes congresos médicos.

Las palabras que Ioannidis dedica a lo que Fava llama oligarquia profesional y nosotros “casta médica” son muy duras:

Muchos líderes académicos y miembros importantes de asociaciones profesionales crecen dentro de este sistema. A veces es difícil determinar si un soberbio curriculum con una larga lista de publicaciones refleja un trabajo duro y un liderazgo brillante o es un producto compuesto de un habilidoso juego del poder en las redes profesionales, autorías regaladas y la excelencia en el comercio de esclavos que se hace con los investigadores más jóvenes.

Ioannidis cuenta una anécdota que él califica de “divertida” pero que es terrible: debido a sus publicaciones metodológicas en diferentes campos suelen invitarle a participar en ensayos clínicos. En una ocasión respondió al mensaje aceptando la invitación:

“La persona en el otro extremo de la línea telefónica me prometió una autoría en el artículo del ensayo clínico; cuantos más pacientes pudiera reclutar, mejor sería mi posición en la autoría. Pedí ver el protocolo. La respuesta fue clara e inmediata: ”Oh, el protocolo, ¿por qué debería preocuparse por el protocolo? La empresa promotora se ha hecho cargo del protocolo. Y también se hará cargo de la redacción del documento. No es necesario que usted se preocupe por cosas que no tienen importancia. No pierda el tiempo con el protocolo o la edición del texto. Lo haremos nosotros y pondremos su nombre como autor en los papeles. Esto es lo que todos los investigadores clínicos de prestigio hacen””.

Los perjuicios para la biomedicina de esta “forma frustrada de MBE” alcanzan a los fondos y políticas de investigación ya que como el propio David Sackett denunció:

”La cuestión básica es que estos científicos médicos han secuestrado los organismos que conceden los fondos de investigación y diseñan las políticas científicas y que ponen un mayor empeño en servir a sus propias curiosidades personales que a las personas enfermas”

Las consecuencias para los médicos y científicos jóvenes que aprenden en este sistema son también graves:

“A menudo me pregunto: ¿qué monstruos estamos creando a través de este sistema de selección de los más aptos? Estamos animando a las personas a aprender cómo encontrar dinero, ser mejores relaciones públicas para inflar su trabajo, más pomposos y menso auto-críticos. Estos serán los héroes de la ciencia del siglo XXI.”

Las nuevas fronteras de la investigación biomedica

Con las nuevas fronteras de la investigación como la medicina personalizada, el big data o las “ómicas”, Ioannidis tampoco es muy optimista:

“Con la evidencia clínica convertida en una herramienta de la industria publicitaria y mucha “ciencia” convertida en un anexo a los casinos de Las Vegas, ¿hay esperanza con otros instrumentos de la MBE como la investigación diagnóstica, pronóstica o la individualización? He tenido un gran entusiasmo.. pero estoy cansado de ver las mismas promesas sobrevaloradas una y otra vez.”

 

La investigación basada en la big data siempre necesitará la investigación clínica para darle sentido:

“En cuanto a la epidemiología, la investigación sobre factores de riesgo es más peligrosa que nunca… (mientras) factores de riesgo con evidencia incuestionable como fumar están matando a más personas que nunca en todo el mundo…, en vez de hacer frente a estos importantes retos para la salud pública, nos dedicamos a la producción de nuevos y espurios factores de riesgo a través de falsos positivos.. confundiendo correlación con causalidad, los datos son dragados de las bases de datos y acaban echando gasolina a las Guías de Práctica Clínica” (ver referencia arriba)

Ioannidis también denuncia como la epidemiología se está utilizando para defender intereses comerciales:

Las empresas más agresivas e insolentes intentan minimizar o incluso anular el riesgo de sus productos. Uno es atrapado entre Escila y Caribdis y debe tratar de navegar entre ellos. A veces recibo invitaciones de abogados para que declare a favor de la seguridad de algún producto. Siempre las rechazo.

El juicio clínico amenazado

Ioannidis recupera la definición de MBE de Sackett para enfatizar la importancia que la experiencia clínica sigue teniendo en la toma de decisiones y las grandes presiones que hoy está sufriendo para que prevalezca un juicio equilibrado:

”Muchos de mis mejores aliados en los últimos años han sido los médicos que conocen de primera mano cuáles son los principales problemas de los enfermos y lo que realmente importa para la salud y la enfermedad. David, usted definió admirablemente la MBE cuando expresó esta dualidad: ”Se trata de integrar la experiencia clínica individual con la mejor evidencia externa”. Pero ese componente, la experiencia clínica está en crisis. En la mayoría de los países desarrollados, los médicos están bajo una tremenda presión del mercado. Casi todas las discusiones en las reuniones de equipo son para tratar de dinero. Uno puede sentir la presión de diferentes maneras: ofrecer servicios para capturar la mayor cuota de mercado posible (un sinónimo de ”pacientes”); satisfacer a los clientes (sinónimo de ”seres humanos”)… ; realizar más procedimientos o marcar más casillas en las historias electrónicas.. Esto no es lo que creo debería ser la medicina. Esta es una medicina basada ​​en las finanzas. Yo no culpo a nadie. Los médicos no tienen otra opción. Esta es la forma como funciona el mundo”

Demasiada medicina

Para Ioannidis, la utilización de la MBE para ampliar el campo de la medicina en aras de conseguir más cuota de mercado es profundamente dañino:

“¿Está la MBE condenada a ser instrumentalizada para que haya más medicina aunque esto signifique menos salud?… En algunos terrenos, estamos cerca o más allá del punto de inflexión en el que la medicina disminuya en vez de mejorar el bienestar en nuestra sociedad. Algunos excelentes y comprometidos médicos sin duda siguen contribuyendo de manera positiva a la salud y a mejorar la vida de los pacientes. Sin embargo, con el 20% del PIB dedicado a la atención sanitaria de manera tan ineficiente, la falta de evidencias en muchos aspectos y los conflictos que existen con las evidencias de las que disponemos, la medicina y la atención sanitaria se ha convertido en una importante amenaza para la salud y el bienestar”

La emergencia de las pseudociencias

Ioannidis comenta también la dificultad de mantener el equilibrio al criticar la mala ciencia biomédica sin por ello apoyar las pseudociencias:

”Hay tantos charlatanes en la televisión; presentadores y estrellas de cine son ahora entrenadores de salud y negacionistas de la ciencia (por ejemplo, del cambio climático, el VIH, de las vacunas..); uno tiene que andar con mucho cuidado. Debemos evitar una guerra civil en la forma de interpretar las evidencias dentro de las ciencias de la salud cuando tantos pseudocientíficos y dogmáticos están tratando de explotar a las personas y a las poblaciones atacando a la ciencia.”

¿Hay esperanza?

Termina Ioannidis su conversación con Sackett con una amarga reflexión final:

“David, le dije que era una fracasado cuando empezamos esta conversación y soy un fracaso aún mayor ahora, casi 12 años después… El PIB dedicado a la atención sanitaria no deja de aumentar; los ensayos clínicos espurios y los meta-análisis aún más espurios siguen aumentando geométricamente y publicándose a un ritmo cada vez mayor; las Guías de Práctica Clínica sesgadas son más influyentes que nunca; falsos factores de riesgo son graznados cada día; las pseudociencias son cada vez más visibles mientras aproximadamente el 85% de la investigación biomédica se desperdicia” (ver arriba referencia).

Y continua:

“Todavía me gusta la ciencia enormemente; centrarme en las ideas y los métodos rigurosos, basados en las matemáticas y la estadística; trabajar en mis extraños (y, probablemente, sesgados) escritos que alterno con una desesperada poesía; y sigo aprendiendo de los jóvenes talentosos. Y sigo fantaseando con algún lugar donde la práctica de la medicina todavía pueda ser útil para los seres humanos y la sociedad en general. ¿Tiene que ser un lugar muy remoto en el norte de Canadá, cerca de la Ártico? ¿O en alguna aislada y hermosa isla griega donde cada día llegan flotando a la playa cadáveres de desgraciados refugiados aunque no se haya librado ninguna batalla naval? ¿Hay todavía un lugar para que el pensamiento racional y la evidencia puedan ayudar a los humanos?”

A pesar de su sensación de fracaso, para Ioannidis, sigue mereciendo la pena el proyecto:

“Por desgracia, no me puede responder ya, David, pero espero que no tengamos que seguir escapando a los rincones más lejanos de la geografía o la imaginación. Veinticinco años después de su lanzamiento, debería ser posible que alguien, en algún lugar practicara la MBE; en todo caso, sigue valiendo la pena intentar que ocurra”.

Traducción y edición de Abel Novoa

Contra la ciencia neoliberal, ciencia para el pueblo


Reproducimos aquí un artículo aparecido en el blog de CIENCIAS PARA EL PUEBLO, que creo puede ser interesante ahora que en la Universidad de Córdoba se hace tan visible la Ciencia en diferentes espectáculos.

Diego Llanes

 Contra la ciencia neoliberal, ciencia para el pueblo

 NOTA: publicamos en el blog un texto que nos encargaron y que no queremos que quede inédito. Es una explicación histórica y política de la existencia de nuestro colectivo.

La asamblea de Ciencia para el pueblo surge como un colectivo inspirado en la publicación llamada Science for the people. Esta revista fue creada por la British Society for Social Responsibility in Science (BSSRS), donde militaron científicos y activistas como los Premios Nobel Maurice Wilkins y Francis Crick, además de otros académicos como JD Bernal, Julian Huxley o Bertrand Russell.Science for the people también fue el nombre de un colectivo de científicos marxistas en EEUU, implicados en los años 70 en la lucha contra las pseudociencias, la Guerra del Vietnam, las armas nucleares o el apoyo a la revolución nicaragüense.

Consideramos como colectivo que el mundo científico no es más que otro sector atravesado por la precariedad. Como en el resto de sectores, hay también un ejército profesional de reserva cada vez mayor, deseoso de salir del paro, que acepta cada vez condiciones laborales más indignas, haciendo que la ciencia se convierta en un espacio sólo accesible para quienes tienen un enorme colchón social, convirtiéndose de nuevo la actividad científica en un terreno inaccesible a la mayoría de la clase trabajadora. Es necesario que en el sector científico la lucha por unas condiciones dignas comience a ser central.

Ciencia para el pueblo somos un pequeño colectivo de Madrid de científicos en activo o  retirados forzosamente de la carrera académica debido a los recortes,  que enmarca su actividad dentro de la lucha de clases. Queremos impulsar  un espacio para la acción colectiva, el apoyo mutuo y la reflexión para todos los colectivos implicados en la investigación (científicos, técnicos, estudiantes, administrativos,  trabajadores de limpieza o de cafeterías) y de cualquier persona  interesada en la ciencia y en su papel en la sociedad.

Pensamos que académicos y científicos no quieren o no pueden reflexionar sobre las consecuencias de su trabajo. Además debido a su elitismo y clasismo suelen desentenderse de las luchas que se dan en sus mismos centros de trabajo, como las externalizaciones de servicios, o en la sociedad, como el caso de las pseudociencias.

Por tanto, Ciencia para el Pueblo se desmarca de la ciencia elitista y mercantilista al servicio del neoliberalismo. Pero también se desmarca de la izquierda anticientífica que corre a abrazar cualquier creencia supuestamente antisistema. En un artículo reciente criticamos el supuesto carácter alternativo de la homeopatía, demostrando que no es más que otra oportunidad de negocio que cuenta con el completo respaldo del sistema, así como la adhesión inquebrantable que suscita en determinados ambientes de la izquierda.

Alertamos que es más necesario que nunca un nuevo modelo de ciencia. Esta no debe estar dirigida al enriquecimiento de unos pocos, tiene una función social que cumplir. Ha de estar dirigida al conocimiento y a la solución de problemas (de energía, salud, medioambiente…) que permitan mejorar la calidad de vida de todas/os. Este objetivo parece perderse de vista cuando se pide aumento de la financiación sin preguntarse para qué. Hay que derribar la Torre de Marfil en la que muchas veces se encierra el sector científico ya que hay que comunicar y transmitir nuestros conocimientos a la sociedad. De lo contrario, caemos en el error de abandonar el progreso de la ciencia en manos de poderosas editoriales con criterios puramente económicos, en lugar de ser la sociedad la que influya en las líneas de investigación.

Siempre resumimos el mal enfoque que se da en los debates relacionados con el sector científico con esta frase: no es posible un modelo alternativo de ciencia si no subyace en éste un modelo alternativo de sociedad. No se puede luchar contra la mercantilización de la ciencia sin criticar la realidad en el capitalismo tardío. Es imposible revertir el poder de los monopolios editoriales académicos sin un conocimiento profundo de cómo funciona la propiedad intelectual. No se puede detener el trasvase del conocimiento de investigaciones pagadas con dinero público a empresas privadas sin analizar cómo es el actual marco de patentes y propiedad industrial. En definitiva, las posibles soluciones a todos los problemas que aquejan al sector científico se enmarcan dentro de un frente mucho más amplico contra los dogmas neoliberales: mercantilización de todos los aspectos de la vida, desregulaciones y fe en el mercado, privatización y desmantelamiento de todos los servicios públicos.

Al contrario de lo que suelen proclamar muchos científicos con acceso a los medios de comunicación de manera regular, para que exista una verdadera ciencia para el pueblo no sólo es necesario grandes cantidades de dinero público (o privado). Además hay que acometer de una vez la tarea histórica de analizar, denunciar y cambiar radicalmente las diferentes condiciones de explotación, precariedad y jerarquización que se producen dentro de los laboratorios. Además de abordar el sesgo de género que pone en evidencia a los sectores más altos de la jerarquía científica. Los problemas de la ciencia no se arreglan sólo con dinero o, como está tan de moda últimamente, con crowdfundings.

El debate sobre la financiación es aún más sangrante por el esperpento del gasto militar. Recordamos  que según el Centre Delàs el gasto militar real del año 2015 fue  superior en un 121% al presupuesto aprobado inicialmente. El gasto  militar del estado se encuentra minusvalorado dentro de los Presupuestos  Generales del Estado en algunas partidas, que luego son ampliadas  posteriormente sin ningún control. Además estas partidas se encuentran  repartidas, cuando no camufladas entre otros ministerios. Estas  prácticas son habituales todos los años y obedecen a un objetivo:  esconder el gasto militar real para que no haya un control efectivo de  este, ya que se aprueban unas cuentas muy inferiores al presupuesto real militar.

 La última actividad de Ciencia para el pueblo en esta linea ha sido el plantear una colaboración estable con el movimiento antimilitarista. Hemos comenzado a trabajar con la Asamblea Antimilitarista de Madrid con el objetivo de denunciar el gasto militar, en concreto, el I+D militar. Además, hemos impulsado conjuntamente la Cláusula contra el uso militar de la ciencia:

No se permite el uso de esta investigación con ningún fin militar y a ningún ejército o fuerzas y cuerpos de seguridad el estado.

Con esta cláusula se impide el uso de los resultados de cualquier investigación (publicaciones, tesis o tesinas) con fines militares o a ejércitos y fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Tampoco se permite el uso para I+D de carácter militar. Esta claúsula es heredera tanto de la licencia de Software Libre para Uso Civil – SLUC como de la Cláusula de buen uso que impulsó en su momento la Fundació per la pau, proyectos pioneros en este tipo de iniciativas. Con esta cláusula buscamos abrir el debate sobre la colaboración de la ciencia en la carrera armamentísitica y la denuncia del complejo militar-industrial.

Por último, la actividad científica es inseparable de la sociedad y, por tanto, nunca es neutral. Promovemos la  no neutralidad del trabajo científico con acciones como el boicot  académico al estado de Israel que impulsamos desde nuestro colectivo.

 

Los ciencinazis y los verdaderos magufos: una teoría sobre la insensatez humana


Los ciencinazis y los verdaderos magufos: una teoría sobre la insensatez humana


ESTEBAN HERNÁNDEZ. 
http://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/tribuna/2015-10-06/los-ciencinazis-y-los-verdaderos-magufos-una-teoria-sobre-la-insensatez-humana_1048527/

06.10.2015

En su número de septiembre de 2015, ‘The Atlantic’ publicó un artículo en el que analizaba el aumento de estudios científicos cuyos datos presentaban irregularidades, a partir de la retractación que la prestigiosa revista ‘Science’ hubo de realizar sobre una investigación que había recogido en su volumen de mayo. En el texto se señalaba cómo en 2012 un investigador de la compañía biotecnológica Amgen intentó reproducir 53 estudios clave sobre el cáncer pero sólo pudo replicar 6, además de citar algunos casos más de investigaciones con cifras manipuladas.

Esas prácticas se han convertido en frecuentes, señalaba el autor, debido a la gran competencia entre los científicos por los puestos de trabajo académicos y por la financiación de sus investigaciones, así como a la cultura de “publicar o morir” en la que están inmersos. Y como las revistas científicas son mucho más propensas a recoger las investigaciones que arrojan resultados positivos (aquellas que apoyan una tesis en lugar de refutarla), los investigadores cocinaban los datos para conseguir esa clase de conclusiones.

Si se trabaja en periodismo, o simplemente si se es un lector habitual de la prensa, se está muy habituado a estas experiencias dudosas. Es fácil que un estudio afirme que la leche (o cualquier otra cosa) es muy mala para la salud, que tres meses después se publique otro que diga que en realidad es excelente para algo, que otro a los seis meses concluya que la leche es lo mejor del mundo y que nueve meses más tarde se nos asegure que es la causa de alguna enfermedad terrible. Esa es la ciencia hoy, tejida por un conjunto de intereses, perspectivas teóricas, posiciones académicas y necesidades de financiaciónque hacen difícil orientarse entre sus avances.

La tecnología no está mejor. Las noticias que surgen de Silicon Valley son un cúmulo de expectativas superlativas dirigidas a hacernos creer que están encontrando soluciones para todo y que en pocos años habrán remediado por completo los grandes problemas de la humanidad, actitud que Evgeny Morozov ha denunciado utilizando la precisa y acertada expresión“solucionismo tecnológico” (su estupendo libro saldrá en un mes en España, vía Katz/Clave intelectual). En resumen, buena parte del mundo tecnológico se dedica a vender ilusiones que les son muy rentables a la hora de captar fondos, y luego, cuando sus fantásticos inventos no se concretan, nos dicen que fracasar es necesario y que equivocarse muchas veces es el mejor camino. Quizá sí, y lograr un avance sea cuestión de prueba y error, pero entonces no te dediques a vender lo que aún no has cazado y más como si fuera la revolución última que lo cambiará todo. Esa prudencia lógica del “cuando lo tengas, hablamos”, es ignorada por sus apologistas, que jalean las promesas que llegan desde la tecnología como si se tratase de la venida de Jesucristo a la Tierra.

Pero de esto no se habla. Los panfletistas de la ciencia, que son muy activos en redes y en los medios, no sólo creen a pies juntillas lo que se publica en revistas como ‘Nature’ o ‘Science’, o los estudios que salen de las universidades más prestigiosas, o los que están financiados por las empresas con más recursos, algo a lo que tienen todo el derecho, sino que se distinguen por atacar a quienes no están de acuerdo con ellos como si fueran seres inferiores a los que es preciso castigar para que salgan de su pobre estado de naturaleza.

Lo tienen bastante fácil: escogen una diana en la que todo el mundo está de acuerdo, fabrican un marco y van encuadrando en él y poniendo a su altura todo aquello que les disgusta. Dicen combatir las pseudociencias, esto es, las abducciones extraterrestes, la telepatía, los curanderos que sanan imponiendo las manos y ese tipo de cosas, y sitúan en ese nivel toda clase de crítica a la ciencia. Si alguien cuestiona la validez de los estudios que defienden, bien porque sean poco rigurosos conforme a los parámetros que deberían medirlos, bien porque sus conclusiones son demasiado endebles, bien porque quienes los han sufragado son gente interesada en obtener resultados determinados o bien porque sus investigadores saben que van a obtener muchos más fondos si fuerzan los resultados, se convierte inmediatamente en alguien perverso que ataca a los fundamentos mismos de la ciencia.

Cualquiera que no diga amén a lo que ellos piensan se convierte por arte de magia en un magufo, en un ser irracional y estúpido que cree en los horóscopos, las constelaciones y la ouija. Pero esto lo hemos visto antes: en el terreno político ha sido la táctica más común en los últimos quince años, y me saturan tanto estas banalidades que hasta he escrito un libro sobre semejante falta de cordura. Se titula ‘Nosotros o el caos’, y en su título queda bien reflejada esta mentalidad. Su argumento es: “O piensas como te digo o eres un imbécil que va a sumir nuestro mundo en la catástrofe”. En política ha sido el centro de muchos discursos (“si no piensas lo mismo que yo, aunque sólo te separes un centímetro, es porque eres un radical o un insensato que nos va a llevar a la ruina absoluta”) y en economía, para qué hablar.

No toda la ciencia que se realiza hoy en día es igual de rigurosa. (iStock)

No, no se trata de las ideas que defienden, sino de cómo lo hacen. No aceptan críticas, no aceptan refutaciones intelectuales, no aceptan que se difundan otras posturas, porque ellos poseen la verdad. Actúan como sacerdotes que van rastreando el pecado y castigando la maldad humana, ahora expresada en forma de credulidad e ignorancia. Si dices que sólo cuando lo veas creerás en que vamos a vivir hasta los 150 años, como dicen los tecnócratas tecnológicos,  o que Uber no es más que un sistema para desregular y concentrar en pocas manos una actividad descentralizada y sometida a controles, es porque eres un retrógrado paleto que se niega a aceptar los cambios.

Si dices que muchos estudios están construidos a partir de determinados intereses que pervierten sus resultados, eres un irresponsable que prefieres que a tu hijo le cure de apendicitis un sanador de manos antes que un cirujano. Si eres un periodista y te haces eco de estudios que no les gustan (creas tú o no en ellos, porque eres un periodista y lo que haces es simplemente contar lo que pasa) te conviertes en un seguidor de la quiromancia. Esto es peculiar, porque te atacan personalmente en lugar de refutar las tesis: lo lógico sería que discutieran con quienes realizan las afirmaciones que les disgustan, pero prefieren insultar a quien tienen a mano. Y no se te ocurra publicar una entrevista con algún científico que denuncie errores de las farmacéuticas, o que presente un estudio que defienda la homeopatía (yo no la utilizo, vaya por delante, pero los alemanes sí), o que defienda la comida ecológica, porque entonces ya caes en el peor de los crímenes. Y así sucesivamente… Es cierto que las posturas que defienden a muerte suelen ser las mismas que las promovidas por las empresas con más recursos, pero no creo que esto tenga mucho que ver, porque ellos son fanáticos de la verdad, el dinero les da igual.

Pero quizá sea peor lo que ocurre en el terreno de las ciencias sociales, donde se está alcanzando un grado de irracionalidad sorprendente, fruto de esa estupidez funcional, por citar la expresión de Spicer y Alvesson, que está inundando los campos del conocimiento. La economía, la sociología, la política e incluso la psicología se han convertido en entornos donde todo es reducido a números. Lo cuantitativo ya no es un arma válida más para entender la realidad social, sino la verdad total, de modo que nada puede ser dicho si no es reducido a una serie de fórmulas, gráficos y porcentajes. Esa actitud, que algunos académicos han denominado cuantofrenia, está pervirtiendo tanto la realidad para que pueda encajar en su modelo que acaba construyendo inútiles teorías mágicas. Veo tantos artículos que están construidos desde esta perspectiva que me asalta la sospecha de si no se están convirtiendo en aquello que dicen odiar, de si no son más que nuevos magufos. Porque reducir la realidad social sólo a las variables que se pueden medir y tomar uno de los instrumentos por el fin en sí mismo son las mejores maneras de hacer pseudociencia.

Decía Stanislav Andreski en su ‘Las ciencias sociales como forma de brujería’, que las advertencias contra la charlatanería (que en el mundo contemporáneo es numérica) no iban a servir de mucho porque siempre existirían “esclavos de la rutina que preferirían morir antes que pensar, buscavidas mercenarios, dóciles empleados educacionales acostumbrados a juzgar las ideas según la posición de sus proponentes y delicadas almas errabundas que suspiran por nuevos gurúes”. Es probable que sea cierto: la creencia en que se posee la verdad es un arma psicológicamente muy seductora como para abandonarla. En fin, que como terminaba Andreski su prólogo, “en todo caso, conviene no desesperar”.

LA INVESTIGACIÓN MOLECULAR Y LA SANIDAD PÚBLICA.


                       El siguiente artículo ha sido publicado en http://www.nogracias.eu/    y    http://encarte21.blogspot.com.es/  lo traigo a ideasyopiniones ya que sigo pensando que es una buena herramienta para expresar nuestras opiniones, aunque últimamente me haya quedado bastante solo.

                      Diego Llanes

 

La parcelación de los seres vivos, para su estudio, ha permitido esclarecer de qué estamos hechos y ha situado a los genes (ADN) en la base de la vida. El conocimiento generado con este modelo de estudio ha permitido, además, el desarrollo de productos y técnicas, consideradas útiles para la salud humana y animal y para la mejora de las distintas producciones animales y vegetales. El conocimiento es un bien colectivo, y por tanto no es apropiable por los poseedores del capital, sin embargo los usos de ese conocimiento si pueden serlo. En nuestro caso los medicamentos y técnicas generados por este modelo, se adaptan muy bien al proceso de privatización mediante patentes. Los descubridores y/o propietarios obtienen así jugosos beneficios económicos, lo que permite retroalimentar al modelo de estudio que lo favorece, convirtiéndolo en el único realmente existente en nuestra sociedad.

El modelo de investigación y la protección del uso del conocimiento generado mediante patentes, han dado lugar a lo que podemos llamar complejo genético-industrial, que contiene a las grandes farmacéuticas, con un poder solo comparable al complejo militar-industrial. Este modelo de investigación molecular reduccionista y su paradigma, el determinismo genético, esconde cuidadosamente que no es eficaz para dar soluciones a problemas biológicos complejos, como son las enfermedades animales y humanas, y así los ingentes fondos públicos que nuestra sociedad gasta con la promesa de vencer a las enfermedades, están lejos de conseguir los resultados prometidos.

Su fracaso se debe a que la inmensa mayoría de nuestras enfermedades o anomalías, no son consecuencia de un simple error en el genoma del individuo. Nuestro modelo de investigación prefiere olvidar que una persona se compone de moléculas, células, tejidos y órganos que necesariamente deben moverse en un ambiente y en una sociedad concreta. El tratamiento de esas anomalías básicamente desde la perspectiva molecular es un enorme error, como día tras día se puede observar en la lucha contra el cáncer y las enfermedades cardiovasculares (las principales causas de muerte en las sociedades ricas). Los avances más notables en estas enfermedades son consecuencia de nuevas medidas quirúrgicas, relacionadas con las mejora de las tecnologías y de los conocimientos en fisiología y anatomía, y no con los avances aportados por la investigación molecular.

Investigación y modelo económico.

¿Cuántos miles de millones de euros más serán necesarios para lograr un retroceso en la incidencia del cáncer y de las enfermedades cardiovasculares en nuestra sociedad? De acuerdo con la OMS (Organización Mundial de la Salud) para 2030 habrá un incremento en la incidencia del cáncer del 55%. ¿Son necesarios otros cincuenta años de estudios moleculares, antes de cambiar esta tendencia?
Las enfermedades de origen infeccioso, aunque diferentes en su origen, son un buen ejemplo para comprobar la influencia que tiene el medio ambiente, sobre el valor curativo del modelo de investigación molecular. Para ello debemos admitir que los espectaculares avances en el conocimiento, tratamiento y curación de las enfermedades infecto contagiosas han coincidido con cambios simples en la higiene de las poblaciones (alcantarillado, cloración del agua, asepsia, régimen alimenticio…), pero solo en el primer mundo. En las zonas económicamente desfavorecidas por el capitalismo (la mayoría del planeta), los avances en la detección y tratamiento basados en el modelo molecular de poco sirven. Lo que vendría a demostrar que las herramientas generadas por las mejoras sociales y el desarrollo económico, son al menos tan potentes para el tratamiento de enfermedades como las herramientas generadas por el modelo de investigación molecular.

¿Cuánto debemos esperar para que las mejoras sociales en prevención y en el modelo económico permitan una disminución en la incidencia de las enfermedades más comunes en el primer mundo, igual que lo han permitido en las enfermedades de origen infeccioso? No se trata de cambiar una proteína por otra, o un gen por otro, sino de mejorar la salud de un ser vivo formado y situado en medio de infinitas conexiones moleculares, ambientales y sociales.
Pese a los elevados costes y los pobres resultados, el modelo molecular es hoy el preferido por el sistema económico capitalista y esto tiene unos motivos que en nada se relacionan con el avance del conocimiento que el modelo de investigación produce.

Ciencia y salud

En la lucha contra las enfermedades, junto a la Ciencia, que aumenta nuestro conocimiento, los seres humanos necesitan instituciones, capaces de usar ese conocimiento, para tratar sus problemas de salud. Ambos aspectos, conocimientos generados por la Ciencia y las instituciones sanitarias que deben aplicarlos, están estrechamente ligados. Las instituciones sanitarias siguen dos modelos básicos en el capitalismo; uno público, financiado con los impuestos de los ciudadanos y que atiende al enfermo independientemente de su situación social y, otro privado, financiado por los individuos que acceden a los diferentes servicios. En ambos casos los medicamentos y técnicas empleadas son aportados por empresas, en su gran mayoría en manos de capitales privados.

Los científicos en general consideran que el modelo de investigación que utilizan para aumentar el conocimiento, que procede en su mayoría de fondos públicos, es independiente del modelo sanitario. En Europa, donde el sistema sanitario público está más implantado, es cada vez más frecuente que los usos de los nuevos conocimientos, bien sean nuevas técnicas o nuevos medicamentos, propiedad de las empresas farmacéuticas, no se puedan aplicar a todos los supuestamente necesitados de ellos, dado su elevado coste, véase el reciente caso de la hepatitis C.

A la vista de los datos que hoy tenemos, creemos que el modelo de investigación molecular, además de escasamente eficaz, es contrario al sistema sanitario público. La gran mayoría de los resultados que se obtienen, bien sean medicamentos o técnicas, están dirigidos al desarrollo de lo que llaman medicina personalizada, medicina que es incompatible, por su coste, con una sanidad que quiera cubrir a los varios miles de millones de habitantes del planeta.

La medicina personalizada objetivo actual de la investigación molecular, además de imposible de aplicar en una medicina pública y universal, resulta extremadamente costosa, dada la dificultad para obtener nuevos conocimientos que la sustenten, y por ello la investigación básica es cada vez más responsabilidad del sector público.

Privatizar el conocimiento, privatizar la salud.

Los elevados costes que asume el sector público en el modelo de investigación molecular para el desarrollo de la medicina personalizada se reparten en: a) Mantenimiento de centenares de institutos de investigación con una estructura compleja, necesaria para el mantenimiento de la tecnología. b) La compra de aparatos cuya obsolescencia es muy elevada, aparatos que son en general producidos por empresas del complejo genético-industrial y c) Los salarios de una gran variedad de personal altamente cualificado que en buena parte ha sido además formado con fondos públicos.

Para apropiarse del uso del conocimiento generado con las inversiones públicas, el complejo genético-industrial, ha convencido a los gestores públicos de la necesidad de permitir la creación de empresas que queden asociadas a los institutos de investigación financiados con los impuestos de todos. El objetivo: privatizar, desde sus comienzos, los usos del conocimiento generado con fondos públicos, usando como pretexto que es la única forma de estimular el interés de los investigadores por su trabajo. Así los descubrimientos son patentados y los más rentables acaban en manos de las poderosas grandes farmacéuticas únicas con poder y capital suficiente para acometer el desarrollo y la comercialización de estos nuevos productos.
El modelo de investigación molecular, que en sus inicios podría presentarse como independiente del modelo económico, depende ahora de los sectores dominantes de este, el sector financiero, con el que mantiene estrechos vínculos a través del complejo genético-industrial y al que dota de herramientas que permiten burbujas financieras.

Además, el modelo está siendo extendido a todos los países, mediante campañas de propaganda, por las que se le sitúa dentro de la llamada economía del conocimiento, presentada como alternativa y salida de la actual crisis económica. Estos países se ven obligados a invertir grandes cantidades de fondos públicos en este modelo de investigación, fondos que podrían ser usados para potenciar la sanidad y la educación básica. Además, los resultados, de haberlos, pasarán a las grandes farmacéuticas, centro del sistema sanitario público o privado y únicas capaces, como hemos dicho, de desarrollar y realizar el marketing necesario para convencer a la sociedad y a las autoridades sanitarias de la bondad de unos nuevos medicamentos de una dudosa utilidad.

La extensión a muchos países de este modelo de investigación favorece al complejo genético-industrial de dos formas; la primera, consigue que la sanidad pública del país entre en el mercado de la medicina personalizada donde se ofertan medicamentos y técnicas a precios exorbitantes y la segunda, hace que los millares de investigadores, médicos y gestores de los institutos y centros de investigación, del país en cuestión, se conviertan en grupos de presión social. Grupos que reclaman un continuo aumento de gasto público para este modelo de investigación, que llega a ser presentado como el único capaz de generar nuevos conocimientos y por tanto nuevos medicamentos, aunque en realidad acabará llevando a la sanidad pública al colapso.

Nos encontramos ante una situación perversa; a más fondos públicos invertidos en el avance del conocimiento, más usos serán privatizados, impidiéndose con ello que puedan ser aplicados al conjunto de la población que con sus impuestos ayudó a generarlos. Se abre un tiempo donde la privatización de medicamentos y técnicas traerá un trato diferencial de los seres humanos. Por un lado los que puedan pagarse y someterse a tratamientos muy caros, aunque sean de dudosa efectividad y, por otro, los excluidos del sistema, que cada vez son más, a los que solo quedará la medicina ligada a las instituciones caritativas.

Los investigadores e investigadoras moleculares, la mayoría con contratos precarios, que de forma consciente o inconsciente trabajan para este modelo científico, deben tomar conciencia de que su paradigma científico ha dejado de cumplir con su cometido de producir conocimientos útiles para el conjunto de la población. Necesitamos un nuevo paradigma en Biología, que tenga en cuenta a los seres vivos como un todo, y sustituya al objetivo de la medicina personalizada por otra que sirva para todas las personas dentro de un modelo sanitario público y universal. En tanto esto sucede los investigadores e investigadoras deberían minimizar el daño que produce el actual modelo de investigación en el sistema sanitario público universal, proponiendo medidas para que los usos del conocimiento, generado con fondos públicos, pasen a titularidad pública.

Diego Llanes Ruiz

Una parábola sobre las “burbujas científicas” y el asalto neoliberal a la investigación científica básica y aplicada.


Este artículo lo he sacado de la web: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7267
Espero que os interese.

Un cordial saludo
Diego

El estado de la ciencia en el Planeta F345. (Una parábola sobre las “burbujas científicas” y el asalto neoliberal a la investigación científica básica y aplicada.)

John P. A. Ioannidis

Entre los ideologemas más básicos de nuestro tiempo hay que contar el que declara vivir en una época de grandes progresos científicos, básicos y aplicados (tecnológicos): los socorridos marbetes de la “economía del conocimiento” o de la “sociedad de la información” son otros tantos nombres de ese dogma de fe de la época. Estudiosos del asunto ya publicados en SinPermiso, como Robert J. Gordon o Mariana Mazucato, han destruido a conciencia ese mito en lo que hace a las supuestas grandes innovaciones tecnológicas recientes. John P.A. Ioannidis es un agudo analista de los diseños institucionales que promueven la ciencia básica como empresa social capaz de buscar la verdad y, por lo mismo, pronta a auto-corregirse. Su tesis es que el desarrollo de la buena ciencia, lejos de ser automático, depende crucialmente –entre otras cosas— del buen diseño institucional de las labores de investigación. Y que la radical reorganización de la vida académica y de los institutos superiores de investigación a que hemos asistido en las últimas décadas ha venido a socavar gravemente ese diseño. La parábola que a continuación reproducimos –extractada de un largo estudio reciente suyo intitulado “Why Science Is Not Necessarily Self-Correcting” (Perspectives on Psychological Science, 7: 2012)— ilustra eficazmente esa tesis. SP.
 
El Planeta F345 en la galaxia Andrómeda está habitado por una especie humanoide muy similar al Homo sapiens sapiens. He aquí la situación de la ciencia en ese planeta en el año 3.045.268.
Aun cuando hay un crecimiento y una diversificación considerables de los campos científicos, la parte del león de la empresa investigadora se desarrolla en un número relativamente limitado de campos muy populares, cada uno de los cuales atrae los esfuerzos de decenas de miles de investigadores y arroja centenares de miles de papers. Fundados en lo que sabemos de otras civilizaciones en otras galaxias, puede decirse que la mayoría de esos campos yermos arrojan resultado nulo: es decir, son campos en los que se ha mostrado empíricamente que apenas hay –si es que hay alguno— efectos no-nulos por descubrir, de modo que cualquier pretensión de descubrimiento que se de en ellos suele ser meramente resultado del error aleatorio, del sesgo o de ambas cosas. Los supuestos descubrimientos generados no son otra cosa que la estimación del sesgo neto operante en cada uno de esos campos yermos de resultado nulo. Ejemplos señalados de esos campos yermos son la epidemiología nutrifalsaria, la pompomeconomía, la psicojunkología social y toda la dispar patulea de disciplinas de investigación cucarachil, en las que se supone que las cucarachas pardas suministran modelos adecuados proyectables a los humanoides. Desgraciadamente, los científicos de F345 no saben que esos son campos de resultado nulo, y ni siquiera sospechan que están desperdiciando sus esfuerzos y sus vidas en esas burbujas científicas.
A los investigadores jóvenes se les enseña desde el principio que la única cosa que cuenta son los descubrimientos nuevos y hallar resultados estadísticamente significativos cueste lo que cueste. En un equipo de investigación típico de cualquier universidad prestigiosa típica de F345, docenas de doctorandos y de recién doctorados andan día y noche clavados ante sus potentes computadoras en una sala común en perpetua labor de filtrado de información de enormes bases de datos. Cuando alguno se topa con un valor omega lo suficientemente extraordinario –un número derivado de algún tipo de proceso de selección estadística—, se va corriendo al despacho del investigador principal para proponerle escribir un manuscrito sometible a evaluación por pares. El investigador principal pasa revista a todos esos resultados llamativos, pero sólo deja que prosperen los manuscritos que expongan los resultados más extravagantes. Las revistas académicas más prestigiosas hacen lo mismo. Las entidades suministradoras de recursos, lo mismo. Las universidades están dirigidas en la práctica por gestores financieros que no saben nada de ciencia (y les importa un higo), pero que son muy buenos en punto a maximizar los beneficios financieros. El grueso de los Rectores, Vicerrectores y Decanos son meras marionetas que no valen para otra cosa que no sea ofrecer discursos inaugurales y otras aburridas ceremonias y prodigarse en entusiastas afirmaciones sobre la novedad de algunos descubrimientos de ese tipo realizados en sus instituciones. El grueso de los gestores financieros de las instituciones de investigación habrán sido reclutados luego de exitosas carreras como agentes inmobiliarios, ejecutivos de cadenas de supermercados o directivos de otras estructuras gran-empresariales, puestos de trabajo en los que habrán acreditado suficientemente ser capaces de recortar costos y hacer ganar más dinero a sus empresas. Los investigadores progresan, si son capaces de avanzar las más extravagantes y aun extremistas conjeturas y, consiguientemente, publicar chocantes resultados, lo cual proporciona más financiación por mucho que casi todos esos resultados se revelen falsos.
Nadie está interesado en replicar nada en F345. La replicación de resultados se considera un ejercicio despreciable, apropiado sólo para idiotas que no son capaces más que de imitar: definitivamente, replicar y contrastar no sería ciencia seria. Los miembros de las Academias Reales y Nacionales de las distintas ciencias son los más exitosos y prolíficos a la hora de producir resultados falsos. Varios tipos de investigación los desarrolla a veces la industria, y en algunos campos, como la medicina clínica, casi siempre. El motivo principal aquí también es la obtención de resultados extravagantes, a fin de obtener licencias para nuevos tratamientos médicos, experimentos y otras tecnologías y ganar más dinero, a sabiendas de que esos tratamientos no funcionen realmente. Los estudios se diseñan con el objetivo de garantizar que producirán resultados con valores omega suficientemente buenos, o estudios, cuando menos, pasibles de manipulación para que parezca que arrojan valores omega.
Los ciudadanos de a pie son diariamente bombardeados por los medios de comunicación de masas con anuncios de nuevos descubrimientos, aun cuando hace ahora muchos años que no se ha hecho ningún descubrimiento serio en F345. El pensamiento crítico y opositor está generalmente desacreditado en la mayoría de países de F345. En algún momento de su historia, los mercados libres destruyeron a los países con constituciones democráticas y libertad de pensamiento, porque se entendió que el pensamiento libre y crítico era un estorbo. Como resultado de lo cual, por ejemplo, las remuneraciones más altas para científicos, así como las infraestructuras de investigación más sofisticadas, se hallan en países totalitarios tan carentes de libertad de expresión como rebosantes de desigualdades sociales. (Una de las desigualdades más comunes es de género, en discriminación de los varones: está prohibido a los hombres conducir un automóvil, y cuando se muestran en público, no pueden hacerlo a cuerpo gentil, ni siquiera sus cabezas; están obligados a cubrirse con gruesa ropa de abrigo de color rosa.) La ciencia sólo florece allí donde la libertad de pensamiento y de crítica están rigurosamente restringidas, porque la libertad de pensamiento y de crítica (incluidos, huelga decirlo, los esfuerzos para replicar y contrastar empíricamente los pretendidos descubrimientos) se consideran anatema para la buena ciencia en F345.
John P. A. Ioannidis es profesor de investigación y políticas de salud en la Stanford School of Medicine y codirector, junto con Steven Goodman, del Meta-Research Innovation Center en Stanford. Se hizo particularmente célebre por un estudio, publicado en 2005, provocativamente intitulado: “Por qué el grueso de los descubrimientos científicos publicados son falsos”.
Traducción para http://www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

La burbuja científica y tecnológica: mercantilización, control del conocimiento y oportunismo…


Artículo tomado del blog: http://crashoil.blogspot.com.es/

La burbuja científica y tecnológica: mercantilización, control del conocimiento y oportunismo…

22-01-14, by Jokin_Zabal@

Jokin_Zabal@ es el alter ego de José Anastasio Urra Urbieta, Profesor Titular de Organización de Empresas en la UV, miembro de ATTAC País Valencià, delegado sindical de CGT, y autor del libro “Las mentiras de la crisis… ¿Una anécdota en el ciberespacio..?, by Jokin_Zabal@” (http://www.attacpv.org/public/www/web3/images/file/LasMentirasDeLaCrisis.pdf).

  
Resulta sorprendente comprobar la generalización de instituciones mundiales y personas que entonan el mantra del crecimiento económico, sin considerar sin embargo las restricciones físicas de tal crecimiento en una biosfera finita y limitada, como solución a todos los males socioeconómicos de nuestro tiempo, desde empresarios, gobiernos y políticos a personas votantes de todas las tendencias políticas en todos los territorios, pasando por los principales sindicatos mayoritarios. No menos asombroso resulta el creciente número de instituciones y personas que, ante los problemas socioeconómicos y ecológicos que atravesamos, confía casi ciegamente, en alarde de verdaderos actos de fe, en la ciencia, el conocimiento y la tecnología como motores de ese crecimiento y piedra filosofal frente a todas las penurias y retos.

Sin embargo, si consideramos los grandes retos a los que nos enfrentamos, el cambio climático antropogénico, la sobrecarga de los ecosistemas, y la crisis energética, y, al tiempo, el estado actual de la ciencia, el conocimiento y la tecnología, estamos jodidos, doblemente jodidos.

Sin siquiera entrar a valorar las restricciones que el cambio climático antropógeno o la sobrecarga de los ecosistemas están ya introduciendo en todo nuestro planeta, y que solo van a aumentar en las próximas décadas, la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), como es sabido, o debería, reconoció explícitamente por primera vez en su informe World Energy Outlook de 2010 que el “pico” mundial del petróleo, o momento a partir del cual la tasa de producción mundial de petróleo comienza a declinar irreversiblemente, se produjo en el año 2006. En el World Energy Outlook de 2013, la IEA ya afirma que, en ausencia de inversión adicional [sic], en 2035 nos tendremos que “apañar” con una producción de petróleo de un escaso 18% de la disponibilidad actual, que roza los 75 mbd (millones de barriles diarios). Considerar el cambio climático que ya hemos provocado, la ecológicamente insoportable presión de nuestro modelo de desarrollo económico sobre los ecosistemas, y el “pico” del petróleo, como no lo estamos haciendo, supone aceptar que estamos jodidos, pues con tales restricciones y escasas posibilidades de sustitución energética, muchas cosas deben cambiar en muy poco tiempo para que en pocos años podamos organizarnos socioeconómicamente sin caer en un colapso civilizatorio, ya iniciado por otra parte, insalvable.

Pero si frente a la realidad de tal escenario consideramos adicionalmente el estado actual de la ciencia, el conocimiento y la tecnología, estamos doblemente jodidos. Y lo estamos porque la ciencia, el conocimiento  y la tecnología, que son las herramientas sobre las que podríamos, y deberíamos, apalancar el formidable cambio sin precedentes al que nos enfrentamos, en la actualidad están siendo controladas políticamente, mercantilizadas y presas de un oportunismo exacerbado, prostituyéndose así al Business As Usual, o al “más de lo mismo que nos ha traído hasta aquí”, y generado una burbuja científica y tecnológica, similar a la burbuja económica y financiera que ya conocemos, que en un futuro no lejano muy probablemente solo puede reventar.

En este sentido apuntan las recientes declaraciones en Financial Times del profesor de la Universidad de Manchester, y ganador del Nobel 2010 en Física por su descubrimiento del grafeno, material tan de moda, Andre Geim, cuando nos alerta de que “Temamos, temamos mucho, la crisis tecnológica” en que nos hemos ido instalando durante las últimas décadas. Con motivo de la celebración del Foro Económico Mundial de 2012 en Davos, Geim describe cómo la creciente mercantilización del conocimiento científico y búsqueda del beneficio rápido en detrimento de la investigación científica pura, o de base, durante las últimas décadas nos ha llevado a una reducción alarmante, y de tremendas implicaciones, de la tasa mundial de descubrimientos científicos.

Lamentablemente, son malas pero no nuevas noticias. En 2005, en uno de los estudios de mayor alcance sobre la evolución mundial de la tecnología, y sorprendentemente poco divulgado, publicado en una de las principales revistas académicas mundiales sobre tecnología y negocios, Jonathan Huebner, un científico independiente, físico para más señas, demostró con una elevada certeza, tal como refleja la figura adjunta a estas líneas, que la innovación tecnológica radical, aquélla que tiene un amplio impacto socioeconómico capaz de producir hitos en el desarrollo y el progreso de la humanidad, tuvo su “pico” en 1873 [sic], año desde el cual la tasa mundial de innovación radical no ha parado de declinar. Evidentemente, estos resultados no agradaron nada en determinados círculos próximos a la industria, y los resultados de Huebner han intentado ser contrargumentados y refutados en numerosas ocasiones desde su publicación, aunque con bastante poco éxito. De ser ciertos y consistentes, como parecen, la experiencia e intuición de Andre Geim solo vendría a ratificar una tendencia bastante más pesada que “unas cuantas décadas”.

Por si el escenario que describen tales investigaciones y casuística no fuese suficientemente gris, un número creciente de científicos e intelectuales se aproximan, cada vez más, a  esta perspectiva de nuestra realidad, llegando incluso más lejos al plantear una hipótesis más sobrecogedora: no se trata sólo de que la tasa de descubrimiento científico haya disminuido, y sea menor por tanto, sino que la cantidad absoluta de progreso científico en su conjunto puede bien ser inferior a medida que trascendemos en el tiempo. Es la hipótesis que mantienen y argumentan fundamentadamente el doctor en medicina y profesor de psiquiatría evolutiva en la Universidad de Newcastle, Bruce Charlton, o el analista de sistemas cibernéticos y programador de software Anthony Burgoyne, entre otros, además de ofrecernos innumerables claves y pistas sobre cómo hemos llegado a esta situación.

Según Charlton, la clave se encuentra, de nuevo, en una mercantilización del conocimiento científico que ha incentivado una “profesionalización” de la ciencia y del trabajo científico, y generado un oportunismo colectivo que ha llevado a convertir en “papel moneda” la publicación de artículos intranscendentes en las revistas académicas, confundiendo colectivamente el verdadero crecimiento  del conocimiento y avance científico con una mera expansión de “chismes y cosas sin valor” [sic].

Esto mismo es lo que estamos presenciando, observando y denunciando algunos en nuestro contexto nacional, soportando de cerca, a la vez, el oportunismo y la arrogancia de muchos cuyo único fin parece ser medrar en la carrera universitaria y/o política, y de una gran mayoría que aspira simplemente a mantener o mejorar su statu quo. Mientras se reduce la financiación a la universidad y a los centros de investigación públicos, como el CSIC, joya de nuestra corona de la investigación, se gratifica a las universidades privadas, con una prácticamente nula capacidad de investigación, y se aprovechan los recortes para conceder un papel más determinante aún en toda la actividad universitaria a la evaluación de la actividad investigadora del personal universitario, que en España se realiza desde hace años mediante los llamados sexenios (complementos salariales que nacieron para retribuir la productividad investigadora, y que han acabado convirtiéndose en medida de su “calidad” y requisito de promoción y desarrollo de carrera) y los procedimientos de acreditación que llevan a cabo la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) y las agencias de evaluación autonómicas.

Sin ambages, soy totalmente partidario de que se evalúe la actividad docente e investigadora de los universitarios y científicos, funcionarios o no, pero no de que dicha evaluación se convierta en un elemento de control político oscuro y discrecional que incentive y legitime el “sálvese quien pueda” y que castigue a cualquiera cuya motivación sea el mero placer del descubrimiento científico y el avance de la ciencia por encima, y más allá, del valor económico inmediato o la “conveniencia” de los resultados de la investigación.

Además de contribuir a una enorme burbuja de previsibles consecuencias, tal control político, mercantilización y perversión de la ciencia y del proceso científico produce paradojas significativas. Como apunta el profesor Juan Torres, la investigadora Saskia Sassen, que recibió recientemente el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, una de las científicas más importantes de nuestra época, no ha conseguido ningún sexenio, ninguna acreditación, frente a los criterios de nuestras agencias de evaluación, que anteponen siempre el mismo criterio, las publicaciones JCR (Journal Citation Reports) en los últimos cinco años. Sassen no tiene ninguna, sino que ha publicado libros e informes, fruto de proyectos de investigación de verdad y referencias fundamentales para académicos comprometidos, y ha publicado numerosos artículos en medios de gran difusión, pero se ha resistido a la práctica de inflar su currículum con artículos estandarizados sin interés ni lectores, más allá de círculos de amigos de citación mutua y catedráticos con insaciables ansias de medrar al precio que sea.

Pero, cuando la burbuja científica estalle, ¿qué quedará tras la explosión…? Como el profesor Charlton afirma, tal vez sólo la vieja ciencia, la de una era en la que la mayoría de científicos eran al menos honestos tratando de descubrir la verdad sobre el mundo natural.

En el mejor de los casos podríamos padecer un retroceso científico de varias décadas más que de unos pocos años, pero probablemente sea bastante peor que eso

A %d blogueros les gusta esto: